En la vida cotidiana de cualquier familia hay escenas pequeñas que parecen insignificantes, pero que despiertan una enorme curiosidad. Una de ellas ocurre cuando un niño, con total naturalidad, se hurgan la nariz… y luego, sin ningún tipo de vergüenza, se lleva el dedo a la boca.
Muchos padres reaccionan con sorpresa, otros con risa nerviosa, y algunos con una rápida reprimenda. Sin embargo, la pregunta sigue en el aire: ¿por qué lo hacen?
Curiosamente, este comportamiento no es raro. De hecho, varios estudios científicos han demostrado que hurgarse la nariz es una conducta común tanto en niños como en adultos. Además, lo más interesante es que este hábito también aparece en otras especies del reino animal, especialmente entre los primates.
Por ejemplo, un estudio realizado en 2001 con 200 adolescentes en la India reveló algo sorprendente. Casi todos los participantes admitieron que se hurgaban la nariz. Incluso nueve de ellos confesaron que lo hacían de forma habitual.
Esto nos muestra algo importante: no es simplemente una “mala costumbre infantil”. En realidad, es un comportamiento mucho más humano y universal de lo que solemos imaginar.
Ahora bien, lo más curioso ocurre cuando algunos niños no solo se hurgan la nariz, sino que también se comen lo que encuentran. A primera vista puede parecer desagradable. Pero cuando los científicos decidieron investigar el tema con calma, descubrieron algo que nadie esperaba.
Y aquí comienza una historia fascinante sobre biología, evolución y comportamiento humano.
Los niños no ven lo “asqueroso” como los adultos
Cuando observamos a un niño hacer algo que los adultos consideramos desagradable, es fácil pensar que simplemente no sabe comportarse. Sin embargo, la psicología infantil ofrece una explicación mucho más interesante.
El Dr. Chittaranjan Andrade, profesor emérito del Instituto Nacional de Salud Mental y Neurociencias de Bangalore, explica que los niños aún no tienen las mismas connotaciones sociales que los adultos.
En otras palabras, un niño no piensa:
“Esto es asqueroso”.
Porque, sencillamente, nadie le ha enseñado todavía que debe pensarlo.
Los niños aprenden lo que está bien o mal principalmente a través de las reacciones de sus padres. Si los padres se enfadan, el niño aprende que algo es negativo. Si no hay reacción, el niño asume que es algo normal.
Por lo tanto, cuando un pequeño se hurgan la nariz, lo hace con la misma naturalidad con la que juega con arena o se lleva un juguete a la boca.
De hecho, un pequeño estudio realizado en 2009 con diez niños buscó entender por qué algunos de ellos deciden comer los restos nasales. Los investigadores les hicieron una pregunta directa:
“¿Por qué te gusta hacerlo?”
Las respuestas fueron sorprendentemente honestas.
Muchos dijeron que lo hacían porque les gustaba la textura y el sabor.
Sí, así de simple.
Para ellos no existe una barrera cultural que lo convierta en algo repulsivo. Solo existe una experiencia sensorial curiosa.
Sin embargo, a pesar de estas observaciones, los científicos todavía no tienen una respuesta definitiva.
Como explicó el propio Andrade:
“La respuesta definitiva a por qué los niños se comen los mocos seguirá siendo difícil de encontrar.”
Y aunque parezca extraño, los humanos no somos los únicos que lo hacen.
Los primates también lo hacen: una pista evolutiva
Cuando los científicos no encuentran respuestas en el comportamiento humano, a menudo miran hacia la naturaleza.
Y ahí apareció una pista fascinante.
La bióloga evolutiva Anne-Claire Fabre, investigadora de la Universidad de Berna en Suiza, ha estudiado durante años el comportamiento de los primates. Durante sus observaciones descubrió algo muy familiar.
Muchos primates también se hurgan la nariz… y luego se comen lo que encuentran.
Uno de los casos más curiosos fue el del aye-aye, un animal endémico de Madagascar. En varias ocasiones fue visto introduciendo su dedo en la fosa nasal, extrayendo mucosidad y después lamiéndola.
Según Fabre, el animal parecía disfrutar mucho la experiencia.
Además del aye-aye, este comportamiento también ha sido observado en:
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gorilas
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chimpancés
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bonobos
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macacos
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monos capuchinos
Esto sugiere que el hábito podría tener raíces evolutivas muy antiguas.
Ahora bien, ¿qué hay realmente en el moco?
Fabre explica que su composición es bastante simple:
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más del 98 % es agua
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contiene mucina (una proteína con carbohidratos)
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pequeñas cantidades de sal
Es posible que algunos animales encuentren en estos componentes un pequeño beneficio nutricional o biológico. Sin embargo, todavía no existe una evidencia científica definitiva.
Aun así, esta observación cambia nuestra perspectiva.
Lo que muchas personas consideran simplemente un hábito desagradable podría tener un origen evolutivo profundo.
Pero surge otra pregunta importante.
¿Es peligroso?
¿Comer mocos puede causar enfermedades?
Aquí es donde el tema se vuelve más serio, especialmente para los padres.
La mucosidad nasal tiene una función muy importante en el cuerpo humano: actuar como filtro. Cada vez que respiramos, el moco atrapa polvo, esporas, bacterias y microorganismos antes de que lleguen a los pulmones.
Por esa razón, algunos científicos han planteado una hipótesis interesante.
En 2013, un bioquímico sugirió que cuando los niños se comen los mocos podrían estar exponiendo su sistema inmunitario a pequeños patógenos, ayudando así a “entrenar” las defensas del cuerpo.
La idea sería similar a una vacuna natural.
Sin embargo, esta teoría todavía no ha sido comprobada científicamente.
De hecho, el Dr. Andrade se muestra escéptico. Según él, cuando el moco se seca, la cantidad de sustancias inmunitarias que quedan es extremadamente pequeña. Además, al ser ingeridas, estas sustancias se digieren rápidamente en el sistema digestivo.
Por lo tanto, el posible beneficio inmunológico sería mínimo.
Por otro lado, algunos expertos advierten que comer mucosidad puede implicar ciertos riesgos, ya que el moco puede contener bacterias asociadas con infecciones respiratorias como la neumonía.
Por esta razón, muchos especialistas recomiendan corregir suavemente el hábito en los niños, especialmente cuando están cerca de personas con sistemas inmunitarios débiles.
Pero al mismo tiempo, los investigadores también recuerdan algo importante: para los niños, este comportamiento suele ser simple curiosidad sensorial.
Nada más.
Comprender a los niños: el primer paso para educarlos mejor
Al final, la ciencia nos deja con una conclusión sencilla y, al mismo tiempo, muy humana.
Los niños podrían hurgarse la nariz y saborearla simplemente porque les gusta. Quizás por su sabor salado. Quizás por la textura. O tal vez por simple exploración del mundo.
Como explica la investigadora Anne-Claire Fabre, después de observar a primates hacerlo tantas veces, este hábito ya no le parece tan repugnante como antes.
Y tal vez esa sea la lección más interesante.
Cuando comprendemos el comportamiento infantil desde la ciencia, dejamos de reaccionar solo con rechazo y empezamos a educar con más paciencia.
Porque los niños no están intentando ser “mal educados”.
Están, simplemente, descubriendo el mundo con la curiosidad que define a la infancia.
